viernes, 19 de junio de 2020

La huelga de los mineros ingleses


 [noviembre-diciembre 1893]
  



Piqueteros en setiembre 1893: cortando el camino en el puente de Pontygwaith. [Imagen tomada de la www, no del original en Sprawa Robotnicza.]



     El 17 de noviembre finalmente terminó la gran huelga de 300.000 mineros, una huelga que duró cuatro meses y que fue de una importancia nunca vista antes. Ya hemos escrito que fue causada por la decisión de los dueños de las minas de carbón de reducir los jornales, a partir de agosto, en un 25 por ciento. Los capitalistas manifestaron que en vista de que sus ganancias habían disminuido por los actuales precios del carbón, los obreros debían renunciar a una cuarta parte de sus jornales. El siguiente informe, hecho por un socialista inglés, muestra el beneficio de los capitalistas ingleses al lado de los jornales de los obreros:

     El número de capitalistas mineros es de 3.000. En 1892, su beneficio neto era de 170 millones de rublos. La cantidad de obreros en las minas de carbón en el centro de Inglaterra es de 300.000. Su ingreso anual suma en total 150 millones de rublos. O sea, que un capitalista tiene una entrada semanal de 1.090 rublos y a un obrero le toca un jornal semanal de 9,60 rublos. ¡De esta forma, un barrigón que durante toda su vida no hace nada recibe el mismo importe que 115 obreros que realizan un trabajo duro, que permanentemente ponen en peligro su vida y su salud!

     Pero incluso esos modestos jornales fueron logrados solamente con enormes esfuerzos de los obreros y docenas de huelgas.
     Porque todavía en el año 1888 sus jornales eran un 40 por ciento más bajos y los mineros pasaban por grandes miserias. Se quejaban de que sus hijos “andaban medio muertos de hambre”.  En 1890, después de una ardua lucha, los mineros lentamente llegaron a los jornales actuales, y ahora, tres años más tarde, los capitalistas deciden de nuevo bajar los jornales a 7,20 rublos. Sin embargo, los mineros manifestaban que menos que eso no aceptarían, y que prefieren dejar de trabajar del todo y morir de hambre, antes que volver a la miseria del año 1888.
     Al principio se creía que la huelga iba a abarcar a todas las masas mineras, que en Inglaterra junto con Escocia suman más de 660.000 hombres. Parece que en agosto hubo efectivamente un  momento en el que 500.000 hombres fueron a la huelga. Pero muy pronto 200.000 de ellos abandonaron la idea del paro, y quedaron 300.000 mineros, que aguantaron hasta el final. Esa falta de concordancia entre los mineros ingleses se debía a las fundamentales diferencias de opiniones y organización. En Inglaterra los mineros se dividen en tres grandes organizaciones principales: la Unión de las zonas de Durham y Northumberland, que abarcan a unos 100.000 obreros, la Unión de las Zonas de Gales del Sur y Monmouthshire, con  65.000, y finalmente la llamada Federación de los Mineros de Inglaterra Central, con más de 300.000 trabajadores. Esas organizaciones tienen características totalmente diferentes entre sí. Las dos primeras uniones están bajo la influencia de los mineros mejor pagados, que están conformes con su destino y rechazan la idea de una lucha. Los obreros de esas zonas se dejaban engañar por los capitalistas mediante la llamada “escala de jornales flexibles”. El engaño reside en el hecho de que existe una comisión, formada parcialmente por obreros, que suele calcular los jornales tomando como base los precios del carbón. Entonces, el capitalista aparece como una persona totalmente inocente, quien al fijar los jornales depende totalmente de los precios de mercado de su mercadería. Pero es evidente que con los precios del carbón, sean  altos o bajos, el capitalista fija los jornales de tal forma que siempre le queda una gran ganancia, mientras que los obreros salen perdiendo.
     Cuando hace algunos años los mineros aceptaron la engañosa instauración de los jornales flexibles, los obreros de aquellas zonas se quedaron como petrificados, ya que por haber luchado habían cerrado las vías para mejorar su situación. Confiando en la exactitud del mensaje de sus explotadores, repetían como loros que un aumento de los jornales sólo podría producirse como consecuencia del aumento del precio del carbón; pero como esos precios eran bajos, la lucha no tendría éxito. Confiando pues en la Divina Providencia y en precios más altos, los obreros de ambas regiones están mal organizados y no quieren ser solidarios con los otros mineros de Inglaterra; más aun: los molestan en su lucha y hacen las veces de herramientas de los capitalistas. Cabe mencionar que justo esos obreros son los que se oponen a la instalación de la jornada de ocho horas en Inglaterra en forma de una ley obligatoria, ya que opinan que eso es una contradicción de la “libertad” del obrero mayor de edad. Vemos, entonces, en qué medida los obreros son tomados por tontos por sus explotadores.
     Bien diferentes son los obreros del centro de Inglaterra, organizados en la llamada “Federación de Mineros”. Ellos no se dejaron avasallar por los jornales flexibles. No creen que el jornal dependa del precio de la mercadería y dicen: “A nosotros no nos importa el precio del carbón del mercado. Nuestro trabajo debe darnos lo suficiente como para vivir, lo demás no es asunto nuestro”. Por ese motivo se unieron en una asociación minera, sólida y perfectamente organizada, para mejorar su situación. Hasta el año 1888, que era el peor período para los mineros, hubo algunas pequeñas asociaciones en Inglaterra. Pero en vista de la miseria de aquella época, las asociaciones de mineros se unieron formando una federación y la meta de esa federación era, como ya se ha dicho, lograr un aumento del jornal del 40 por ciento. La disminución de los jornales planeada en último término, otra vez tocaba principalmente a los mineros del centro de Inglaterra. En el primer momento convocaron a las otras dos uniones de mineros para que se uniesen solidariamente a su lucha. Pero los obreros de esas uniones, fieles a sus falsos fundamentos, rechazaron la propuesta, porque en vista de los bajos precios del carbón consideraban una fantasía esa lucha por jornales más altos. Ni siquiera se avergonzaban de trabajar horas extra, perjudicando a los compañeros en huelga. También se negaban a ayudarlos con dinero, a pesar de que los mineros del centro de Inglaterra anteriormente los habían ayudado con cientos de miles. Abandonados a su suerte, los mineros de la Federación no perdieron el ánimo. Apelaron a la solidaridad de los mineros franceses, belgas, alemanes y austriacos, quienes en un congreso resolvieron no producir carbón para exportar a Inglaterra. Los mineros franceses y belgas incluso hicieron una huelga, pero por mala organización y otros motivos tuvieron que abandonar la lucha en forma parcial o total.
     Ahora muchos se preguntarán: ¿Cómo fue posible que 300.000 mineros, que junto con sus familias suman aproximadamente medio millón de personas, pudiesen aguantar cuatro meses? Debido a la excelente organización de los mineros. Las cajas, alimentadas constante y abundantemente, contenían varios millones de rublos. A esto se sumaba la ejemplar disciplina de los mineros en huelga, quienes, unidos y en armonía,  evitaban choques sangrientos con los militares, y cada decisión tomada por los dirigentes era aceptada por todos. Ese cuidado y esa disciplina de los mineros asustaron a los capitalistas, que entonces desistieron de tomar represalias. Por ejemplo, la mayoría de los mineros ingleses vive en casas de los dueños de las minas. A pesar de la huelga, no se atrevían a desalojarlos, ya que los obreros amenazaban que en ese caso correría la sangre, y los capitalistas vieron que debían creerles.
     Más que el miedo a sus puños, a los mineros los ayudó la situación política. En Inglaterra, donde los obreros pueden votar y donde constituyen una enorme mayoría, el poder político de los partidos depende de la relación de los obreros con los partidos. Porque justo ese año decidieron fundar un partido obrero independiente en el Parlamento, y elegir sus representantes. Desgraciadamente, hasta ese entonces las masas obreras siempre elegían uno de los partidos burgueses. Dos partidos principales dominan desde hace un siglo el parlamento inglés, turnándose: el liberal, que lucha por los derechos de los industriales y comerciantes, y el conservador, que defiende los intereses de los terratenientes. Esos dos partidos, en constante conflicto, ganan por turno las elecciones, según para quién votan los obreros. Como resultado de esa dependencia de los obreros ambos partidos compiten en atraerlos, pero lógicamente también deben hacer algo por los obreros mismos. Entonces se comprende por qué los dueños de las minas, que pertenecen al partido conservador (vencido en las últimas elecciones), temen, más que a los puños, el hecho de que en el futuro los obreros podrían votar por los contrarios, y por eso no desalojan a los mineros huelguistas que viven en sus casas. También se entiende entonces por qué el partido liberal, que nuevamente llegó al poder gracias a los votos de los obreros, desistió de atacar a los huelguistas con la fuerza militar, y si bien hubo abundancia de militares y policías en las zonas mineras, en ninguna parte se han producido disturbios, como los que hubo por ejemplo en la huelga minera en Francia. Se produjo el milagro de que casi toda la sociedad capitalista inglesa les hizo llegar considerable ayuda económica a los huelguistas. Altos dignatarios, pastores, obispos, ¡y hasta los mismos dueños de minas aportaron a veces miles de rublos para ayudar a los mineros! Tales milagros demuestran que la burguesía depende de la clase obrera.
     Es de lamentar que los obreros ingleses no hayan elegido sus propios representantes socialistas para integrar el Parlamento y que la burguesía haya tenido que hacer concesiones al considerarlos como adversarios políticos independientes, en lugar de tratar de atraerlos hacia su lado. Pero eso permite ver la ventaja que significan los derechos políticos de la clase trabajadora, antes aun de que ésta sepa aprovechar a fondo esos derechos.
     La competencia de los partidos burgueses para lograr el favor de los trabajadores significó el aporte de una suma considerable que ingresó en la caja de los huelguistas. No hace falta mencionar que los obreros de todas las demás ramas de la industria inglesa también han ayudado dentro de sus posibilidades. ¡Así esa enorme masa, que agrupaba más de un millón de hombres, pudo soportar con gran esfuerzo las dieciséis semanas! Ante el poder de resistencia de los huelguistas, los capitalistas comenzaron ya en agosto a proponerles un arreglo mediante un tribunal arbitral. Pero los obreros no querían saber nada de eso y seguían repitiendo que no aceptarían ninguna disminución del jornal. Gracias a la libertad de reunión, los mineros organizaron miles de reuniones al aire libre y los más elocuentes los animaron con discursos enardecidos para seguir resistiendo y para la lucha; apasionadas, las masas manifestaban su acuerdo. Especialmente las mujeres de los mineros se destacaban  por su firmeza y proclamaban a los gritos que antes de permitirles a sus maridos e hijos regresar al trabajo y aceptar la miseria que les ofrecían, matarían a sus chicos... En cada una de las reuniones se decidió: continuar la huelga.
    Mientras tanto, las reservas de los barones del carbón empezaban a agotarse, los precios del carbón subían tremendamente. Muchas factorías del hierro, los ferrocarriles, etc., tuvieron que parar por falta de combustible. El temor de perder ventas en el exterior por no poder hacer entregas por mucho tiempo, impulsó a varios capitalistas a instar a terminar la huelga lo antes posible. La población también sufría por el encarecimiento del combustible. El invierno se estaba acercando. La gente consideraba a los capitalistas como los causantes de la huelga y las voces que decían que los obreros tenían razón se hacían oír cada vez con más frecuencia. Sin embargo, los obreros no tenían intención de ceder. Entonces, en la Sociedad de los Dueños de Minas empezó a reinar el descontento y se repetían las quejas contra los jefes de la Sociedad, que habían causado la huelga y que por su terquedad cargaban con el enojo de todo el país. Los capitalistas abandonaban, uno tras otro, la Sociedad y empezaban a hacer concesiones a los obreros por su cuenta. Uno tras otro se mostraban dispuestos a volver a emplear a los obreros, sin rebajar los jornales. En sus reuniones, los obreros en conjunto estaban de acuerdo en que aquellos compañeros que trabajaban con esos capitalistas pudieran volver al trabajo, pero con la condición de que todos serían reincorporados y que ninguno sería despedido por huelguista. Al mismo tiempo, cada obrero que regresaba al trabajo se comprometía a aportar inmediatamente medio rublo por día a la caja de huelga para sostener a los compañeros que continuaban el paro. Es decir, que también de este lado venía parte de la ayuda y las masas seguían con la huelga. Entre tanto, la Sociedad de los capitalistas corría el peligro de perder la mayoría de sus miembros y eso terminó definitivamente su resistencia. En vista de ese hecho y por el peligro de otra huelga que ponía en peligro la existencia de toda la “industria local”, el gobierno ofreció nombrar a uno de los ministros como mediador entre obreros y capitalistas. Ambas partes aceptaron la propuesta y el 17 de noviembre se fijaron los resultados del convenio, como sigue:

      Los obreros pueden reasumir su trabajo bajo las condiciones anteriores; se formará una comisión, constituida por 14 capitalistas y 14 mineros, que elegirá en forma conjunta un presidente, y que a partir del 1° de febrero de 1894 definirá los futuros jornales de los mineros. Esa comisión actuará, a modo de prueba, durante un año.

      Después de esa decisión, que constituye una total y brillante victoria de la masa obrera, los dirigentes de la huelga decidieron terminarla y volver al trabajo. La victoria y el fin de la huelga provocaron una enorme alegría en todos los distritos mineros. Las minas y las casas fueron decoradas con hojas, los niños bailaban y saltaban. Los obreros se felicitaban unos a otros. También en el resto del país ese hecho fue celebrado como una gran fiesta. En el Parlamento la noticia del fin de la huelga fue recibida con un aplauso cerrado; el primer ministro respiró aliviado y dijo: ¡“Gracias a Dios”! La prensa toda comentó ese hecho, tal fue la importancia lograda por los mineros ingleses con su extraordinaria lucha.
    Realmente, los resultados de la huelga pueden ser considerados como una victoria. Ante todo, los obreros obligaron a sus explotadores a pagarles los jornales anteriores. En cuanto a la comisión, que va a determinar los jornales del año próximo, se puede estar tranquilo de que no hará nada a la manera del comité de los jornales flexibles. Eso lo garantiza el inmenso poder mostrado por los obreros en la huelga, con quienes los capitalistas no querrán tener conflictos nuevamente. También lo garantiza la tenacidad con la que los mineros retuvieron los sueldos anteriores, diciendo que “no tienen nada que objetar que los jornales se fijen según los precios del carbón, si éstos significan un aumento  de los jornales”. Finalmente, los obreros aprobaron solamente un año de  prueba. En el caso de que no estuvieren satisfechos con el trabajo de la comisión después de un año, volverán a la lucha con fuerzas redobladas.
    Esa victoria representa un hecho que no existe muchas veces en la historia de la masa obrera. Hasta ahora, no se ha visto en Europa una huelga tan formidable. Y eso que el enemigo de los trabajadores —la Sociedad de los Dueños de Minas en Inglaterra— pertenece a su vez a las organizaciones capitalistas más fuertes del mundo. Pero lo más importante, lo que hace que esa huelga sea tan significativa, es el principio en que se basaba esa lucha. Se trataba del convencimiento de que: o bien es posible defender y lograr un mejor jornal aunque bajen los precios del producto, o bien si bajan los precios de la mercadería —como sostenían aquellos mineros ingleses anticuados y desorientados, que se negaban a participar de la huelga— es inevitable bajar los jornales. En otras palabras: si la organización y la lucha de los obreros hoy día puede lograr algo, o si el trabajador debe someterse a todas las oscilaciones del mercado de consumo y soportar humildemente su miseria. La victoria de los mineros en el centro de Inglaterra demuestra que lo expresado en segundo término es erróneo, que el obrero sí tiene la posibilidad de protegerse, al menos de la extrema miseria, cuando dispone de una organización fuerte y de libertad política.
    Por lo tanto, los resultados de la huelga y de su finalización abarcan mucho más que las ventajas materiales inmediatas de los mineros del centro de Inglaterra. Como suele suceder después de una batalla ganada, se duplicó la influencia de la Federación de Mineros y la confianza que le tienen las masas obreras. Los aportes a las cajas de las diversas zonas entrarán con más fluidez que antes. Las decisiones serán aceptadas con más seriedad y rapidez. Y hay más: los obreros de otros distritos mineros, que se negaban a participar en la huelga, ahora tienen que admitir que la Federación del Centro de Inglaterra tenía razón, tienen que reconocer su superioridad y poco a poco seguirán su ejemplo. Ya durante la huelga las masas mineras de esos distritos apoyaban a sus compañeros de la Federación. No hay duda de que, tarde o temprano, todos se incorporarán a la victoriosa Federación. Y, finalmente, la victoria de los huelguistas derrotó  a  la “Sociedad de Dueños de Minas de Carbón”, esa poderosa organización capitalista, y la ha debilitado en la medida en que robusteció la organización obrera. Ya hemos visto que dicha Sociedad prácticamente fue la víctima de la huelga.
    Así fue como gracias a la perfecta organización y las especiales condiciones políticas, los mineros ingleses lograron una victoria total, batieron a sus enemigos y atrajeron a miles de sus compañeros de infortunio a la participación en la lucha conjunta por un futuro mejor.

Rosa Luxemburg
(noviembre-diciembre 1893)


Traducción directa del alemán al castellano, especial para el ERL: Marion Kaufmann.


 Publicado por primera vez en polaco en Sprawa Robotnicza, París, nov-dic. 1893.

La versión alemana de referencia puede verse en:


lunes, 16 de septiembre de 2019

Lucha

“Las luchas revolucionarias son justo lo opuesto a las luchas parlamentarias. En Alemania hemos tenido, a lo largo de cuatro decenios, sonoras ‘victorias’ parlamentarias, íbamos precisamente de victoria en victoria. Y el resultado de todo ello fue, cuando llegó el día de la gran prueba histórica, cuando llegó el 4 de agosto de 1914, una aniquiladora derrota política y moral, un naufragio inaudito, una bancarrota sin precedentes. Las revoluciones, por el contrario, no nos han aportado hasta ahora sino graves derrotas, pero esas derrotas inevitables han ido acumulando una tras otra la necesaria garantía de que alcanzaremos la victoria final en el futuro.
    ¡Pero con una condición! Es necesario indagar en qué condiciones se han producido en cada caso las derrotas. La derrota, ¿ha sobrevenido porque la energía combativa de las masas se ha estrellado contra las barreras de unas condiciones históricas inmaduras o se ha debido a la tibieza, a la indecisión, a la debilidad interna (*) que ha acabado paralizando la acción revolucionaria?”

[ (*) "interna": se refiere a la tibieza e indecisión de la dirección. ]


[R.L.: Del último escrito de la revolucionaria: “El orden reina en Berlín”, 14 de enero de 1919.]

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“La lucha por el socialismo debe ser librada por las masas, sólo por las masas, frente a frente con el capitalismo; se tiene que librar en todos los lugares de trabajo, cada proletario contra su patrón. Sólo así podrá ser una revolución socialista.
    Los insensatos se habían trazado un cuadro muy distinto del curso de los acontecimientos. Imaginaban que bastaría derribar al viejo gobierno, poner un gobierno socialista a la cabeza de los asuntos de la nación, y proclamar el socialismo por decreto. ¿Otra ilusión? El socialismo no puede ser ni será creado por decreto; no lo puede crear gobierno alguno, por socialista que sea. El socialismo lo deben crear las masas, lo debe realizar cada proletario. Allí donde estén forjadas las cadenas del capitalismo, deben ser rotas. Eso es lo único a lo que se puede llamar socialismo, y es la única manera en que éste puede implantarse.”


[R.L.: De “Nuestro programa y la situación política. Discurso ante el Congreso de fundación del Partido Comunista de Alemania", 31 de diciembre de 1918.]




jueves, 8 de noviembre de 2018

La Revolución en Alemania, 1918-19 [Parte 1]

[ EN TORNO A LA REVOLUCIÓN EN ALEMANIA EN 1918-1919.

      Como contribución a la recordación y conocimiento de lo que fue la revolución en Alemania en 1918-19, y especialmente lo que hace a la intervención en ella de los militantes de la Liga Spartakus y el Partido Comunista de Alemania, iremos publicando (entre noviembre de 2018 y el próximo enero) una serie de materiales que consideramos de sumo valor.
    Hoy, 8 de noviembre de 2018, comenzamos por difundir: «La Revolución en Alemania, 1918-19», de Paul Frölich.
    La revolución desatada en octubre-noviembre de 1918 había abierto las puertas de las prisiones y el 8 de este último mes, hace exactamente cien años, Rosa Luxemburg podía abandonar la prisión de Breslau.
    “La Revolución en alemania, 1918-19” no es una obra autónoma publicada en su momento por Frölich. Se trata de los dos capítulos finales de su libro “Rosa Luxemburg. Vida y obra” (Fundamentos, Madrid, 1976). Hemos unificado los dos capítulos, respetando los subtítulos que aparecen en la edición de referencia. Hemos corregido algunos errores y erratas flagrantes de aquella edición, así como agregado imágenes de diversas fuentes, para ilustrar momentos y acciones descritas por el autor. 
     Difundimos este texto en varias entregas, siguiendo nuestras posibilidades actuales de digitalización.
    El ensayo de Frölich no es, pues, una vasta obra histórica ni exhaustiva dedicada a la revolución en Alemania sino una descripción detallada y con un análisis político profundo de las dificilísimas alternativas por las que atravesaron entonces las masas de trabajadores, los militantes revolucionarios y, entre ellos, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht (asesinados en enero de 1919 por la socialdemocracia alemana y sus cómplices capitalistas).

                                               Espacio Rosa Luxemburg, 8 de noviembre de 2018. ]

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[Manifestación en Brandenburg, Berlín, en noviembre de 1918.]



LA REVOLUCION EN ALEMANIA, 1918-19 • [PARTE 1]

(por: Paul Frölich)


Preludio

     Ningún año de cárcel fue tan duro para Rosa Luxemburg como el año 1918. Por mucho coraje que pusiese en defenderse, la soledad, las privaciones y las decepciones destruían su sistema nervioso. Ya en [la prisión de] Wronke había estado muy enferma y escribió amargamente sobre una «cura» que le recomendó el médico y que se reducía al consejo que el párroco de Ufenau dio a Hutten cuando estaba mortalmente enfermo: ¡Olvidad, Hutten, que sois Hutten! A lo que Hutten solamente pudo contestar:

          Tu consejo, querido amigo, es maravilla,
          he de morir para seguir con vida.

     En [la prisión de] Breslau empeoró su estado, estaba encerrada todo el tiempo, la vigilancia era mucho más severa y llegaban continuas órdenes para que limitase su correspondencia (por lo visto la lumbrera que controlaba sus cartas carecía del órgano adecuado para saborear esas obras de arte). Las quejas contra el arresto arbitrario fracasaron una tras otra. Un tribunal que debía revisar todos los arrestos preventivos para tranquilizar !a opinión pública resultó ser la hoja de parra de la dictadura de los generales. En marzo de 1918, Rosa tuvo que escribir a Liebknecht: «Mi queja ha sido denegada con una minuciosa descripción de mi maldad y mi contumacia y una solicitud de, por lo menos, otras vacaciones semejantes. Por lo visto tengo que esperar hasta que conquistemos el mundo entero». Aún tenía humor para elevarse por encima de todas estas trabas y penalidades, aún tenía fuerzas para animar a Sonia y para compartir su triste suerte. Pero en las pocas cartas que pudo escribir en 1918, su tono es el de un cristal agrietado. En ocasiones, y sin motivos, se veía atormentada por la seguridad de que alguna persona querida estaba amenazada por un gran peligro. Así sucedió cuando dejó de recibir durante mucho tiempo cualquier señal de vida de Clara Zetkin. Sufría por la suerte de los hijos de Zetkin, que estaban en el frente, y escribió a Luise Kautsky: «Tengo valor para todo lo que me afecte. Pero para soportar el sufrimiento de los demás, el de Clara, por ejemplo, si, ‘Dios no lo quiera’, le pasase algo, me faltan las fuerzas y el valor» (1)



[Clara Zetkin y Rosa Luxemburg en Magdeburg, en 1910.]


     Sus pensamientos vagaban siempre en torno al pérfido nudo: amenazante victoria del imperialismo alemán, peligro de muerte para la Revolución rusa –y la sórdida tranquilidad con que el proletariado internacional, sobre todo el proletariado alemán, parecía soportar todo, parecía ejecutar todo trabajo sangriento. No obstante, estimulada por el glorioso ejemplo de los trabajadores vieneses, a finales de enero de 1918, una oleada de huelgas masivas invadía Alemania. Se protestaba contra la paz abusiva de Brest Litovsk y el contenido de esta impresionante acción, que abarcaba cerca de veinte ciudades importantes y que solamente en Berlín llevó a medio millón de trabajadores a la huelga, era principalmente las reformas democráticas y la guerra contra el hambre. Una vez más fueron cercenadas las cabezas de la «Hidra de la revolución». Se instruyeron nuevos consejos de guerra contra civiles acusados de delitos políticos. En todas partes se dictaban terribles sentencias y las puertas de la cárcel se cerraron detrás de más de un combatiente espartaquista. En marzo fueron detenidos los directivos del Comité de Propaganda Militar con Leo Jogiches a la cabeza. La directiva de la federación había quedado reducida a dos o tres personas que se veían obligadas a trabajar en condiciones dificilísimas. En la época en que Ludendorff lanzaba sus ofensivas desesperadas en el frente occidental, la clase trabajadora parecía estar completamente desmoralizada y haber renunciado a toda actividad. En una «carta de Espartaco», de junio de 1918, Rosa Luxemburg profiere un grito de dolor:

     «El proletariado alemán, que ha dejado pasar el momento de detener las ruedas del carro del imperialismo, se deja conducir hacia la destrucción de la democracia y del socialismo en toda Europa. Marchando sobre los cadáveres de los proletarios revolucionarios de Rusia, Ucrania, los países del Báltico y Finlandia, arrancando la soberanía a los belgas, polacos, lituanos y rumanos y después de haber arruinado la economía de Francia, chapoteando en sangre hasta los muslos, el obrero alemán avanza para plantar por doquier la bandera victoriosa del imperialismo alemán.
     Pero toda victoria militar que la carne de cañón alemana ayude a conseguir en el exterior, significa una nueva victoria social y política de la reacción en el interior del Reich. Con cada ataque contra la guardia roja en Finlandia o en el sur de Rusia se incrementa el poder de los junkers de la orilla oriental del Elba y del capitalismo panalemán. Con cada ciudad acribillada en Flandes cae una posición de la socialdemocracia alemana». (2)

     La mayor preocupación de Rosa era que la Revolución alemana no llegase a tiempo para salvar a la rusa. Estaba segura de que se produciría, pero por mucho que esforzase sus oídos no percibía nada del proceso elemental que silenciosamente tenía lugar en las profundidades de la sociedad. Si la ira provocada por las matanzas y el odio a los poderes establecidos habían perdido la voz, brillaban, no obstante, en los ojos del pueblo. Si la rebelión contra el hambre creciente no acababa de explotar, los ánimos se estaban sobrecargando. El suelo temblaba bajo los pies de las capas superiores de la sociedad, que estaban aterrorizadas; el pánico amenazaba con desatarse de un momento a otro y el número de los que desertaban del frente de los «resistentes» crecía incesantemente. La paz de Brest se había convertido en un caballo de Troya para el militarismo alemán. Se vio obligado a poner en cuarentena a las tropas del frente oriental, que necesitaba urgentemente en el frente occidental. Los mismos soldados que habían derrotado a los restos del ejército ruso en el Báltico y en Ucrania habían sido infectados por el bacilo bolchevique y lo transportaron a occidente. Ludendorff envió inválidos y adolescentes a una muerte segura, pero los desertores que poblaban la retaguardia se contaban por cientos de miles. Las deserciones eran el fruto de la disgregación que padecía toda la sociedad y los fugitivos no hacían sino propagarla. Se preparaba la insurrección masiva. Las fábricas se convirtieron en nidos de conjurados. Los elementos radicales propagaban el pensamiento revolucionario y contenían al pueblo, porque esta vez la revolución no podía fracasar, tenía que llegar hasta el final.



[Soldados y obreros marchando en Berlín, nov. 1918.]


     El1º de octubre dos acontecimientos acaecidos en ambos polos de la sociedad indicaron que había sonado la hora. Hindemburg y Ludendorff, que desde hacía una semana estaban lanzando llamadas de auxilio al Gobierno, exigían una inmediata oferta de paz a la Entente. Simultáneamente se reunía una conferencia general de los espartaquistas y de grupos radicales de izquierda de todo el Reich, que tenía su centro en Bremen y cuyo órgano era el Arbeiter politik (Política de los trabajadores) de difusión legal. Era el Consejo de Guerra de la revolución. Se determinó un programa de acción política cuyos puntos culminaban en una república unitaria considerada no como meta final, sino «como piedra de toque para comprobar si la democratización con que están tratando de engañaros las clases dominantes y sus agentes es auténtica». Había que reforzar hasta el límite la agitación entre los militares. En todas partes había que fundar consejos de trabajadores y soldados.
     Comenzaba la agonía de la hegemonía guillermina. Como sucede siempre en estos casos, la fiebre intermitente que padecía el antiguo régimen, dio lugar al pánico. Había que salvar lo antiguo mediante reformas. Se creó un Gobierno «parlamentario» a cuya cabeza estaba el futuro gran duque van Haden, el príncipe Max y uno de cuyos ministros era Scheidemann; sus metas: la consolidación de la monarquía (Max von Haden) y la pacificación de los trabajadores (Scheidemann). Ya que resultaba imposible alcanzar una paz victoriosa, el Kaiser delegó en el Parlamento el deber de negociar la derrota. El Estado Mayor presionaba para conseguir la capitulación al tiempo que preparaba acciones de fuerza e intentaba instigar al pueblo contra unas conversaciones de paz que, por otra parte, exigía imperiosamente. Las puertas de las cárceles se abrieron para algunos jefes de la oposición al tiempo que multitud de «políticos» procedentes del ejército y de las empresas eran lanzados a los calabozos. Se anunció la democratización de toda la vida política mientras se concentraban tropas en las ciudades para someter a las masas. Se proclamaba la libertad de reunión y llovían las prohibiciones y se cancelaban manifestaciones. Toda medida, toda concesión y todo acto de violencia desorganizaba al antiguo poder. El hielo estaba roto. ¡Ya no había barreras!
     Tampoco había ya más barreras para Rosa Luxemburg. Se apoderaron de ella la fiebre y la impaciencia. No podía soportar por más tiempo el angosto calabozo. Exigió al Canciller del Reich su liberación. Tenía que lanzarse al torbellino, empujar, conducir, actuar. El día 18 de octubre escribió a Sonia Liebknecht:

     «De todas formas hay una cosa que es segura: mi estado de ánimo es tal que ya no puedo soportar que me vigilen durante las visitas de mis amigos. Lo llevé con mucha paciencia durante estos años y en otras circunstancias hubiera conservado mi paciencia otros tantos más. Pero después de que tuvo lugar la transformación general mi psicología cambió también súbitamente. Las conversaciones vigiladas, la imposibilidad de hablar de lo que en verdad me interesa me resultan tan fastidiosas que prefiero renunciar a toda visita hasta que podamos vernos como personas libres.
     Ya no puede faltar mucho. Si han dejado libres a Dittman y a Kurt Eisner no me pueden retener mucho tiempo más y a Karl también lo van a soltar pronto». (3)



[Rosa Luxemburg detenida en Varsovia, en 1906, para
imperdirle participar en la revolución rusa desatada en 1905.]

     El día 20 de octubre se decretó una amnistía para presos políticos. Karl Liebknecht salió el 23 de octubre. La Asociación de Trabajadores Berlineses lo recibió triunfalmente. Pero la amnistía no alcanzó a Rosa Luxemburg. No era una prisionera política, no había sido sentenciada, «solamente» estaba cumpliendo un arresto preventivo y continuaría cumpliéndolo. Precisamente por esas fechas se renovó el mandamiento de detención. ¿Era porque en la era de la democratización los arruinados militares seguían siendo más fuertes que el Gobierno o porque el Gobierno pensaba que tenía bastante con un solo enemigo, Karl Liebknecht? Mientras la antigua Alemania se desmoronaba, Rosa Luxemburg pasó otras dos semanas en prisión. La impaciencia la devoraba y solamente a costa de un supremo esfuerzo consiguió mantener la habitual serenidad exterior y no dar a nadie el placer de regodearse en su infortunio.


Noviembre

     Los acontecimientos avanzaban ya a paso de carga. Los frentes se derrumbaban. El 26 de octubre, Ludendorff, el verdadero hombre fuerte de Alemania, tuvo que huir al extranjero provisto de un pasaporte falso. El 28 de octubre el Almirantazgo sufrió un nuevo acceso de delirio. Pretendía salvar «el honor de la Marina» y poner en juego las vidas de 80.000 hombres en una alocada «batalla decisiva» en el mar. Esto fue el golpe de gracia. La flota estaba mucho más afectada por el fermento revolucionario que el ejército. En agosto de 1917 había llevado una acción en favor de la paz perfectamente organizada y habían aportado los primeros mártires. Los marineros Reichpietsch y Köbis fueron condenados a muerte por amotinamiento y alta traición y fusilados el 5 de septiembre al tiempo que se encarcelaba a más de cincuenta cómplices condenados a terroríficas penas de privación de libertad. Pero en casi todos los barcos continuaba habiendo consejos clandestinos de marineros que miraban con desconfianza al cuerpo de oficiales. Los marinos estaban aún dispuestos a repeler un ataque del enemigo, pero no a embarcarse en insensatas aventuras. Cuando la flota estaba reunida en alta mar y se dio la orden de disponerse para el combate, los fogoneros apagaron todas las calderas y obligaron que se regresase a puerto. Los oficiales habían perdido el control. Pero una vez en tierra intentaron imponerse de nuevo. Seiscientos marineros fueron detenidos. Entonces estalló la indignación. Los marineros se aliaron con los trabajadores de Kiel. El movimiento continuó creciendo en los días siguientes hasta que se llegó a una huelga general en fábricas y barcos. El 4 de noviembre el Gobernador de Kiel fue obligado a dimitir.



[Jornadas revolucionarias en noviembre de 1918.]

Un consejo de marineros y trabajadores se hizo cargo de la ciudad. El Gobierno creía aún que se trataba de una simple sedición y envió al socialdemócrata Noske a que impusiera un poco de orden. Pero era la revolución, que, como un voraz incendio, se extendía por todo el país.
     Karl Liebknecht había trabajado febrilmente durante estos días. Había observado atentamente el ambiente que reinaba entre los trabajadores y los marineros, espoleaba a las asambleas de empresa para que pasasen a la acción. Había sido aceptado en la organización de los «Delegados obreros revolucionarios» que, desde la huelga de enero, estaba formada por los representantes de los Sindicatos en las empresas y que era el germen de un comité de trabajadores y de una directiva para la acción. Esta corporación había sostenido sesiones casi diarias en las que se había preparado el levantamiento. La policía se dedicaba a la caza de sus miembros, especialmente de Liebknecht. Este no podía regresar a su casa, se veía obligado a dormir en el banco de alguna taberna de trabajadores o en un camión de muebles. En ocasiones tuvo que ocultarse en el bosque de Treptower para escapar a sus perseguidores.



[Karl Liebknecht dirigiéndose a una multitud, en noviembre de 1918.]

Tenía problemas con la directiva de los delegados obreros, pensaba en la movilización de grandes masas, manifestaciones de trabajadores a las que había que arrastrar a los soldados, en propaganda en las fábricas y en los cuarteles. Entre los delegados, los más audaces tenían ideas de conspirador. Querían un levantamiento que obedeciese a un plan minuciosamente trazado, contaban los revólveres de que disponían y no terminaban nunca con los preparativos técnicos. Su lema era: ¡O todo, o nada! Y los vacilantes se unían a ellos, porque eso significaba: ¡Nada! Repetidas veces se estableció la fecha del levantamiento y repetidas veces se aplazó. Finalmente, estos líderes tuvieron el tiempo justo de ponerse a la cabeza de los trabajadores berlineses, a quienes ya nadie podía contener. Una confirmación más de la idea de Rosa Luxemburg de que las revoluciones no se pueden «hacer» sino que emanan de la libre voluntad de las masas.



["Hermanos! No disparen!", nov. de 1918.]

     La hora de Berlín, que estaba cercada por la revolución por el norte, el sur y el oeste del Reich, sonó el 9 de noviembre. Fue la señal decisiva para todo el país. Por la mañana, cientos de miles de obreros abandonaron las fábricas. Ante ellos se desvanecía cualquier idea de resistencia. Capitulaban incluso los grupos de oficiales preparados especialmente para la guerra civil. Guillermo II huyó a Holanda. Max von Baden anunció la abdicación del Kaiser y la renuncia del príncipe a ocupar el trono. Junto con los jefes socialdemócratas albergaba la esperanza de salvar así la corona para algún otro Hohenzollern. El príncipe otorgó al socialdemócrata Ebert la Cancillería del Reich y éste la aceptó con estas palabras: «¡Odio a la revolucion como al pecado!». Entretanto, desde el balcón del Palacio, Karl Liebknecht proclamaba ante las ingentes masas de trabajadores el advenimiento de la República socialista. Pocos momentos antes, y desde las ventanas del Reichstag, Scheidemann habla proclamado la República alemana.



[Movilización en Berlín en noviembre de 1918.]

     En los cuarteles y en las fábricas se elegían consejos, se formó un Comité ejecutivo de los consejos de trabajadores y de  soldados que asumió los máximos poderes del Reich. Todas las instituciones estatales fueron ocupadas por gentes de confianza de la clase trabajadora. Las cárceles fueron asaltadas, entre muchos otros fue liberado Leo Jogiches.
     La transformación se operó casi automáticamente en todas las grandes ciudades. También en Breslau se abrieron las puertas de la prisión. Rosa Luxemburg alcanzó definitivamente la libertad el día 8 de noviembre. (4) Desde la cárcel se dirigió a una manifestación de masas que la aclamaba desde la Domplatz. El día 10 de noviembre llegó a Berlín. ¡Con qué alegría y con qué melancolía fue saludada por sus amigos de la Liga Espartaquista! Ahora se veía lo que habían supuesto para ella estos años de cárcel. Estaba envejecida, enferma. Sus cabellos, en un tiempo profundamente negros, eran ahora grises. Pero en sus ojos brillaba el antiguo fuego y la energía de siempre. Y aunque necesitaba urgentemente tranquilidad y descanso, a partir de este momento no hubo para ella un solo instante de calma. Aún le quedaban dos meses de vida y fueron meses en los que esforzó hasta el límite todos sus recursos físicos e intelectuales. Sin pensar un solo instante en la propia salud y seguridad, sin una sola concesión hacia sus deseos personales, cargada de energía y de pasión se lanzó a la lucha y trabajó «en el espectáculo hechizante, colorista, imponente y arrebatador de la Revolución».



[Manifestación por la paz, en Berlín, el 9 de noviembre de 1918.]

    Con profunda extrañeza contemplaron muchos cómo se desarrollaba esta ardiente pasión y esa desatada voluntad de actuar, gentes que no estaban luchando en la misma trinchera, pero que no podían dejar de sentir simpatía por la personalidad de Rosa. Les parecía que Rosa Luxemburg había superado toda medida, que había ignorado completamente la realidad. Ciega para los límites de lo alcanzable, se había precipitado en el infortunio. Sin comprender la radical diferencia de la situación, había imitado sin crítica de ninguna clase el ejemplo ruso. Si se investiga argumento por argumento los fundamenentos de estas afirmaciones queda de manifiesto una completa incomprensión de la política revolucionaria en general. No quiere esto decir que la política de la Liga Espartaquista y la de Rosa Luxemburg careciesen completamente de errores en aquella época tempestuosa. Quien haya de adoptar decisiones en medio de la caótica pugna de gigantescas fuerzas de clases fallará ocasionalmente a pesar de que tenga una visión genial de la situación objetiva. Y quien tenga el valor de tomar decisiones, quien no se deje arrastrar por los acontecimientos, tendrá que adelantarse a menudo a las relaciones de fuerza para alcanzar precisamente una situación más favorable. Una revolución que avanza con creciente furia entierra, junto con los escombros del antiguo orden, también los errores del partido revolucionario y convierte en realidad lo que unos momentos antes no eran sino las ilusiones optimistas de la vanguardia.



[Rosa Luxemburg]


     La actitud fundamental de Rosa Luxemburg venía determinada por la ley vital de toda revolución que ella misma había enunciado así: «Debe avanzar rápida y resueltamente hacia adelante, derribando con mano férrea todos los obstáculos y poniendo sus miras en metas cada vez más elevadas si no quiere ser inmediatamente devuelta a su frágil punto de partida y aplastada por la contrarrevolución» (5). Su temperamento revolucionario fue una vez más sometido y dominado por la razón en estos días en que los acontecimientos se precipitaban. A pesar de todo, el primer período revolucionario finalizó con una severa y, a la larga, decisiva derrota, pero esto no fue consecuencia de las muchas faltas que pudieran cometerse en el frente revolucionario; las mismas faltas, más bien, eran consecuencia de las ingentes dificultades que planteaba la situación.

                                                                                                        Paul Frölich

                                                                                                 [Continúa en la PARTE 2]

NOTAS:
(1) Cartas a Karl y Luise Kautsky.
(2) «Cartas de Espartaco».
(3) Cartas desde la cárcel.
(4) De acuerdo con el relato de Mathilde Jacob en el «Leipziger Volkszeitung», de 15 de enero de 1929, Rosa Luxemburg obtuvo la libertad el 7 de noviembre a última hora de la tarde. Como no sabía dónde pasar la noche, se quedó hasta la mañana siguiente. Entonces telefoneó a Mathilde Jacob pidiéndole que se la recogiera con un coche porque los trenes no funcionaban. Se intentó por dos veces pero no se pudo llegar hasta Breslau. El día 10 de noviembre circularon de nuevo los trenes y Rosa Luxemburg pudo dirigirse a Berlin.
(5) Rosa Luxemburg: “La revolución rusa”.



viernes, 26 de mayo de 2017

El origen del Primero de Mayo

[febrero 1894]
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Melbourne, 1856: Pancarta por la jornada de 8 horas.



      La feliz idea de instaurar un día de fiesta proletaria para lograr la jornada laboral de ocho horas nació en Australia, donde ya en 1856 los obreros habían decidido organizar un día completo de huelga, con mitines y entretenimiento, como una manifestación a favor de la jornada de ocho horas. Se eligió el 21 de abril para esa celebración.
     Al principio los obreros australianos pensaban en una única celebración, aquel 21 de abril de 1856. Pero como esa primera celebración tuvo un efecto muy fuerte sobre las masas proletarias de Australia, animándolas con ideas agitadoras, se decidió repetirla todos los años.
     Efectivamente: ¿Qué podría proporcionarles a los trabajadores más coraje y fe en su propia fuerza que un paro masivo, decidido por ellos mismos?
     ¿Qué podría proporcionarles más valor a los eternos esclavos de las fábricas y de los talleres que el reconocimiento de su propia gente?
     Por eso, la idea de una fiesta proletaria fue rápidamente aceptada y comenzó a extenderse de Australia a otros países, hasta conquistar finalmente todo el mundo proletario.
     Los primeros en seguir el ejemplo de los obreros australianos fueron los norteamericanos.
     En 1886 se fijó el 1º de mayo como el día de la huelga universal. Ese día, 200.000 trabajadores abandonaron sus lugares de trabajo y exigieron la jornada laboral de ocho horas. Más tarde, la policía y el hostigamiento legal impidieron por muchos años la repetición de esa gran manifestación.
     Sin embargo, en 1888 restablecieron su decisión y fijaron el 1º de mayo de 1890 como el día de la siguiente celebración.




Melbourne, hacia 1900: Marcha por las ocho horas.


     Mientras tanto, el movimiento obrero en Europa se había fortalecido notablemente.  La expresión más poderosa de este movimiento ocurrió en el Congreso Internacional Obrero de 1889. En ese Congreso, al que asistieron 400 delegados, se decidió que la jornada de ocho horas debía ser la primera reivindicación. El delegado de los sindicatos franceses, el obrero Lavigne de Burdeos, propuso difundir esa reivindicación en todos los países mediante un paro universal. El delegado de los trabajadores estadounidenses llamó la atención de sus camaradas sobre la decisión de ir a la huelga el día 1º de mayo de 1890, por lo que el Congreso fijó esa fecha para la fiesta proletaria universal.
     Los obreros, al igual que treinta años antes en Australia, pensaban solamente en  una única manifestación. Ese 1º de mayo de 1890 el Congreso había decidido que los trabajadores de todos los países se manifestarían juntos por la jornada de ocho horas. Nadie había hablado de repetir la celebración en años siguientes. Naturalmente, nadie podía predecir el enorme éxito que tendría esa idea ni la rapidez con que sería adoptada  por la clase obrera. Sin embargo, fue suficiente celebrar el 1º de mayo tan sólo una vez para que todos comprendieran y sintieran que debía convertirse en una institución anual y permanente.
     El 1º de mayo significaba establecer la jornada de ocho horas. Pero aún después de haber logrado este objetivo, ese 1º de mayo no fue abandonado. Mientras continúe la lucha de los obreros contra la burguesía y la clase dominante, mientras todas las exigencias no hayan sido satisfechas, el 1º de mayo continuará siendo la manifestación anual de esos reclamos. Y cuando lleguen días mejores, cuando la clase obrera del mundo haya logrado su objetivo, es probable que la humanidad entera también celebre el 1º de mayo, honrando las amargas luchas y los sufrimientos del pasado.
    
Rosa Luxemburg
(febrero 1894)

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Traducción directa del alemán al castellano, especial para el ERL: Marion Kaufmann.
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Escrito en 1894. Publicado en polaco en Sprawa Robotnicza, París, febrero 1894.
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La versión alemana de referencia puede verse en: